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ritual

(escuchando hooverphonic, sit down and listen to)

lo mejor es hacerlo de noche, cuando el pueblo está en silencio y sólo se oye un motor a lo lejos, probablemente algún joven que vuelve a casa corriendo, para que sus padres no le echen la bronca. sentado en la orilla, te dejas mecer por las olas. primero te mojas los dedos de los pies, luego los de las manos y, finalmente, sumerges todo el cuerpo. esperas a que la corriente te transporte a su ritmo. a veces, como una balsa de aceite, suave, con la calma que todos hemos deseado en los días en los que, como hoy, las noticias no han sido demasiado halagadoras en el trabajo. otras, es como una montaña rusa, y dispara las emociones hasta más allá de las sombras de la luna que ahora te acompaña, multiplica el ritmo cardíaco y describe arcos imposibles en el movimiento de tus ojos imaginando historias. estás a salvo, lo sabes, nadie te puede hacer daño. las olas se comunican con tus neuronas, más allá de cualquier experiencia física. de repente, lo notas, sabes que está ocurriendo otra vez. empiezas a ver borroso, a sentir que ya nada tendrá sentido a partir de ahora. intentas repetir la ola, pero ya no hay solución. te dejas llevar. te estás hundiendo. las manos ya no responden y el más profundo de los sueños te reconforta. el libro se te cae de las manos. casi sin despertar, lo dejas sobre la mesita. apagas la luz. balbuceas algo con una sonrisa. buenas noches.

en su lecho de muerte, les dijo a los doctores que tuvo una buena vida y que lo que le molestaba de morir era que acababa de empezar a leer Moby Dick y quería ver qué pasaba. Patrick Horgan, Zelig.

pasos (cuatro)

(escuchando thrice, the alchemy index vols III and IV air and earth. oh, dioses de la sorpresa, qué gratos momentos nos hacéis pasar con vuestra impagable presencia)

esto empezó aquí. luego siguió aquí y aquí. y hoy hemos decidido continuar.

el click de sus dedos también hace click en mi cabeza. cómo es posible que no me haya dado cuenta antes? tengo que verlo de cerca. con un gesto rápido, recojo la bandolera y salgo del vagón justo antes de que tren se ponga en marcha. al notar los dos pies en el suelo de la estación me quedo como paralizado. el hombre parece divertirse con la situación. pero tengo que preguntárselo. me acerco despacio. me paro justo frente a él. es un personaje extraño para la época. parece el protagonista del libro que estoy leyendo. sólo que no lo parece, es él. estoy seguro. me quedo de pie junto a su mesa. buenos días, puedo sentarme? por favor, responde. le parecerá extraño, empiezo, pero… es usted Viktor Askenasi? sí, responde con sin ningún tipo de sorpresa, como si estuviera esperando esa pregunta. y creo que puedo ayudarle en su búsqueda. en mi búsqueda?, contesto. quién le ha dicho nada de una búsqueda? usted, al venir aquí cada semana, y rubrica la frase con una enorme sonrisa. oiga, yo no entiendo nada. cómo es posible que usted sea Viktor Askenasi? el mismo Viktor Askenasi de la bailarina, el hotel Argentina en Dubrovnik, la sociedad con sus absurdas normas, el protagonista de una novela que ocurre en mil novecientos treinta y cuatro? el mismo. el silencio pesa sobre el aire y no me deja pensar. no puedo creer lo que estoy oyendo. realmente es él, el personaje del libro que estoy leyendo. pero… cómo puede ser? aprovecha el silencio para intentar aclarar lo que está sucediendo. usted me ha llamado para que le ayudara, no es así? no, yo no he llamado a nadie. sí, sí que lo ha hecho. el camarero interrumpe la conversación. qué va a tomar el caballero? un café con leche…?, responde sin darme tiempo a pensar y mirándome de reojo, esperando mi aprobación. asiento. un café con leche para él y otro coñac para mí. gracias. veo alejarse al camarero con unos puntos suspensivos como todo pensamiento. Viktor Askenasi saca un paquete de picadura de su bolsillo y lo abre. en su interior, una pipa y un atizador. prepara la pipa y se la pone en los labios. la enciende. le da una calada y me mira. bueno, por dónde quiere empezar? escruto sus ojos intentado buscar una ecuación que explique todo esto. cómo es posible que sepa que sepa lo que estoy buscando? cómo puede ser que alguien salga de una novela para sentarse en un café por el que tú vas a pasar cuando hace dos horas tú no tenías ninguna intención de pasar por ningún café? y más aún, que lo haga para ayudarte a ti? no tiene sentido. por qué no empiezas por el principio? lo dice mirándome a los ojos, como distraído, igual que hablan los sabios. el camarero trae el café con leche y el coñac. le doy las gracias. tomo un sorbo. está caliente. el gran danés se ha sentado a mi lado. le acaricio. su piel me tranquiliza. empiezo a hablar.

lo que te mata de preocupación, nunca se materializa. lo que te toma por sorpresa un miercoles por la tarde te dejan pasmado. Jude Law, Alfie.

llovizna

(escuchando pearl jam, ten redux)

dos adolescentes se miran de reojo, uno a cada lado de la parada del autobús. son dos chicos normales, sin nada que destaque de en su indumentaria de vaqueros caídos, camisetas por fuera y chaqueta de chándal. uno lleva unos auriculares enormes alrededor del cuello. el otro, unos mucho más pequeños colgando de sus oídos. se estudian. se gustan. pero no se hablan. el de los auriculares saca la mano del bolsillo y rebusca en el ipod una banda sonora a la mirada de alguna cosa más. qué le digo, piensa. un grupo de extranjeros con la mochila al hombro contempla el horario con cara de no entender nada. a pesar de estar esperando la línea que lleva a la zona turística, no parece que la llovizna que cae sobre sus cabezas les importe lo más mínimo. una pareja de personas mayores escrutan la calle buscando el vehículo que les llevará al hotel. parecen no tener nada en común, uno de esos matrimonios en los que la magia desapareció hace años y ninguno de los dos tiene intención de recuperarla, sólo de pasar los días lo más plácidamente posible. pero, si uno se fija bien, se da cuenta de que están cogidos de la mano. una madre balancea el brazo y mueve, por inercia, el de su hijo que, cargado con una mochila llena de libros, sonríe y hace cábalas sobre si el próximo vehículo que pase lo haga sobre el charco que tienen justo enfrente. pero no. el autobús dobla la esquina y entra en la calle. la parada parece un enjambre de abejas al que acaban de dar una patada. la puerta se abre frente a la pareja mayor. él la deja subir primero. los extranjeros se arremolinan. la madre empuja a su hijo. los adolescentes se encuentran ante los escalones. una vez dentro, se sentarán uno junto a otro.

– a veces pienso que fue una casualidad y otras veces que significaba algo.
– es lo que tienen las casualidades que a veces significan más cosas, no?

Albert Espinosa, tu vida en 65′.



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