victoria

(escuchando Anthony and the Johnsons, the creying light)

al darse cuenta de lo mucho que se había equivocado, lloró cuatro días y cuatro noches seguidas. su vida, desde el momento en que él le dijo me marcho, no quiero seguir con esto, se había convertido en una misión, en un proyectil dirigido al único objetivo de destruirle. a él y a su entorno. a sangrarle económica y emocionalmente, a borrar de su cara esa maldita sonrisa de hombre feliz que una vez la había seducido, a hundir su vida profesional y personal, a aislarlo de su familia y de sus amigos y, sobre todo, de su nueva pareja. su vida entró en la calle de la maldad en estado puro, el mal aislado, sin contemplaciones ni concesiones. ni siquiera al hijo en común. el niño era el arma, la bala con la que agujerearía el corazón de su padre y le obligaría a saltarse la tapa de los sesos. su hijo. cuántas mentiras había vertido utilizando su nombre y su salud mental y física. no se acordaba. pero tampoco importaba demasiado. lo había logrado. había conseguido su objetivo. lo había ganado todo. y la emoción había sido incomparable. la venganza de la abandonada. la gran explosión que arrasa con todo. el grito salvaje y desesperado que barre emociones, vida, edificios. y no había quedado nada. sólo silencio y vacío. luego, ahora, se dio cuenta de que estaba equivocada. ahora se daba cuenta de que la soledad no es algo con lo que se pueda jugar, porque una vez la invitas a tu cama, no te abandona jamás. y se había acomodado en la suya. la destreza con la que había trazado cada paso de su plan no servían contra ese nuevo enemigo. porque éste se lo había fabricado ella misma. nada es tan complicado como desandar lo andado. algunos incluso dirán que es casi imposible. cayó sobre la cama y lloró mares de lágrimas que no sirvieron para nada. sólo para darse cuenta de que no había ganado la partida. ni siquiera un asalto. de hecho, lo había perdido todo.

qué soledad, la del príncipe sin reino, la del hombre sin calor. Marisa Paredes, el espinazo del diablo.