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veinte

(escuchando eso de ahí abajo)

hacia mucho que no decía nada. hay mucho que decir, lo sé, pero no sé si todavía estoy listo. mientras tanto, sirva esta preciosidad para creer en hoy, en ayer y en mañana.
veinte extraños se besan por primera vez. un placer conocerte.

y no, no hay frase, sorry.

dicen

(escuchando Gregory Porter, be good. un reciente descubrimiento para escuchar con cascos y los ojos cerrados)

hablar sobre sueños que se consiguen con perseverancia es fácil. poner en marcha esa perseverancia es lo complicado. nos dicen que no podemos expresarnos en nuestra lengua, nos impiden poner nuestras banderas e, incluso, juntarnos más de dos docenas de personas en la calle porque estamos conspirando. nos recortan los sueldos, los tratamientos, las ganas, las sonrisas. nos dicen que nos callemos si alguien no hace las cosas como nosotros queremos, que sigamos con nuestras anodinas vidas, sentados frente a la televisión, viendo casas que jamás podremos tener y anuncios de coches que nunca podremos comprar. nos ponen multas si no pagamos, si no cumplimos con nuestras obligaciones tributarias, si no estamos sentaditos y quietecitos cuando no nos dejan discutir sobre los principios que una vez se escribieron, hace ya tanto tiempo que casi se han olvidado las razones. nos dicen que tenemos que mirar hacia el futuro y gastarnos lo poco que tenemos en cosas que no necesitamos para levantar este país y este planeta. nos dicen todas esas cosas y muchas más que es mejor no reproducir porque hay niños delante. pero luego, en silencio, a las cuatro y treinta y dos de la madrugada, con la respiración de los que un día dejarán de ser inocentes para ser culpables de cualquier cosa de lo que se les culpe, decides que no te van a cargar con todo, que vale la pena y que vas a poner en marcha esa perseverancia. como sea. como sea. ha llegado el momento de dejar de lloriquear y de seguir haciendo.

Zelig ha dejado de ser un camaleón para ser, al fin, él mismo. Sus puntos de vista sobre política, arte, la vida y el amor son honestos y espontáneos. Aunque su gusto pueda describirse como de vulgar, es el suyo. Finalmente, es un individuo, un ser humano. Ya no abandona su identidad para formar parte de algo seguro e invisible que le rodea. Woody Allen, Zelig.

definición

(escuchando the Köln concert, Keith Jarret)

primero hablaron de conspiración judeomasónica. pero, al final, descartaron la idea porque les sonaba algo antigua y, además, estaban casi seguros de que alguien la había usado antes. así que sumaron todas las neuronas y se pusieron a buscar. tras días y días de negociaciones infructuosas, al fin, uno que llevaba tirantes, se levantó, dio un golpe en la mesa y dijo ya lo tengo. fue así como se decidieron por pancatalanistas. esa sí era una buena palabra, sí señor. porque, además de que era real, existía, y nadie podía culparles de inventarse términos para la descalificación, podían, si querían, darle dos significados: el término que definía perfectamente al enemigo y, como prefijo, el que le querían quitar. además, al ser una palabra grandilocuente y con dos partes, le podían añadir el contenido que les diera la gana. socialistas, por ejemplo. o judeomasónicos, añadió uno de los más veteranos. o independentistas, dijo otro al que el de los tirantes miró como diciendo imbécil, eso va en catalanistas. incluso etarras. no estaba mal. ese era el término que se va a utilizar en todos los medios, es una orden. lo único era el discurso, que no les había salido muy creíble. pero, bueno, al fin y al cabo, con semejante palabra, quién iba a dar veracidad a que la oposición era capaz de montar todo aquel tinglado a nivel nacional y sacar a los habitantes de las Baleares, tan paraditos ellos, a la calle y en masa? en todo caso, daba igual. si era cierto, tenían buenas razones para actuar como estaban actuando, porque era una verdadera conspiración que amenazaba la unión del país y, sólo por eso, ya quedaban legitimizados para hacerlo. y, si no era cierto, quién iba a discutírselo? los mismos que habían salido a la calle e iban vestidos de verde? pobres, esos no tienen ni la menor idea de contra quién se enfrentan, los muy asamblearios. pero (en toda buena historia siempre hay un pero que es el que convierte el inicio en nudo y la hace interesante) había algo con lo que no contaban. los asamblearios luchaban por algo que ellos no podían entender. la guerra no era por una subida salarial, o por más minutos a la hora de la merienda o más vacaciones o más pagas extras. su lucha, y por ella sangraban lágrimas y tensiones y horas de sueño y cansancio emocional, físico, racional, brutal, era para boicotear las fábricas de barrotes que se estaban instalando por todo el territorio. cómo no dejarse el tipo para que sus hijos tengan las posibilidades que quieran? cómo no volver a salir a la calle a cantar L’estaca y darse ánimos y ganas en una concentración en silencio? cómo no hacer una pausa por sentido común y responsabilidad cuando no había forma de derrumbar la pared si no era con violencia? cómo no seguir hasta que ya no puedas más? cómo no volver a levantarse una y otra vez? cómo no buscar todas las posibidades? eso, enemigo mío, no se define con una sola palabra. o se siente en las tripas pintado de verde, o no se siente.

qué vamos a hacer mañana? hay un mundo de posibilidades. Phineas Flynn, Phineas y Ferb.

guerra

(escuchando bitter, Me’Shell Ndgegeocello)

terminó el verano y empezó la guerra. una guerra nos está consumiendo el tiempo, las miradas, las sonrisas y las ganas. una guerra que está empezando a hacer mella en los padres, las madres, los maestros, los abuelos, los tíos, los amigos y, sobre todo, en los niños, las mayores víctimas del conflicto y la única razón por la que se lucha. porque, sí, ellos son la única razón por la que se lucha, por ellos y por su mañana, lleno de incertidumbre y de futuros sin nombre de profesión, con la palabra crisis escrita en neón. por ellos, para que aprendan que la dignidad, la unión, los principios, la verdad, la cultura, la nostra llengua, la educación y la paz, son valores más importantes que una semana, dos, o un mes, sin clases. terminó un verano extraño, en el que el agua estuvo a punto de hervir, pero que no parecía tener ninguna intención de hacerlo, y empezó la guerra. ellos con las cerillas y el principio de la mecha, nosotros con el barril de dinamita. las consecuencias, que casi seguro serán más que soluciones, todavía están por ver. para ellos, el sentido común no es razón suficiente para mantenerse en el campo de batalla, sólo las palabras dichas desde la tribuna de un mitin hace ya varios años (unas palabras que, si se leen bien, se convierten en una trampa para los que las pronunciaron). para nosotros, la intolerancia, las dictaduras del más fuerte o con más policías, el desprestigio y los insultos y el rodillo de los que hablan de mayorías silenciosas (háganse bien los números, por favor), son la punta de un iceberg que lleva demasiado tiempo creciendo hacia abajo. por eso hablan de leyes de símbolos y convivencia, de aplicación en la libertad del que dicta las leyes por vía de urgencia, de gritos sin importancia, de niños rehenes, de inmovilismo y de politización de las víctimas. porque, como en toda guerra, nadie juega limpio. ellos hacen listas negras, infiltran, crispan, hablan en voz baja, le plantan cara a los gritos con cordones policiales, y miran desde la ventana del despacho como la calle levanta los brazos y cómo la indignación se convierte en desesperación y luego, qué duda cabe, en llanto y finalmente en silencio. nosotros, por nuestra parte, también tenemos lo nuestro. el yo a éste no lo quiero ni mirar, el no hablo contigo si no te bajas los pantalones hasta los tobillos, el no me da la gana, o el insulto, son monedas de cambio de un frente que se está extendiendo a todos los ámbitos. con lo mediterráneos que somos en esta isla que se llamaba de la calma y en las tres restantes. pero así es esta guerra. los familiares de las víctimas se están convirtiendo en verdugos con un hacha llamada grito como única arma. porque es la única que queremos utilizar.

habrá un millón de personas, aquí en nuestro país, que se asombrarán, ofenderán y horrorizarán ante vuestra unión, y tendréis que afrontar esas consecuencias tal vez durante el resto de vuestra vida. pero debéis ignorar a esos pobres diablos, o compadecerlos, porque son esclavos de sus prejuicios, fanatismo ciego, odios y estúpidos miedos. y, cuando llegue el caso, debéis uniros el uno al otro estrechamente desafiando a esos mentecatos. cualquiera podría poner un montón de objeciones acerca de vuestro matrimonio… pero la replica es tan sencilla que no se atreverán a ponerlas.

Spencer Tracy, adivina quién viene esta noche.

por si alguien quiere más información.
cadena ser, hora 25.
la sexta, el intermedio (en la tercera parte)

alehop

(escuchando eso de ahí abajo)

hoy empieza todo.

Elwood: estamos a casi doscientos kilómetros de Chicago, tenemos el depósito lleno, medio paquete de cigarrillos, es de noche y llevamos gafas de sol.
Jake: tira.

Dan Aykroyd & John Belushi, the blues brothers.

mal

un viernes cualquiera de mil novecientos setenta y seis se estrenó esta gozada. ustedes mismos.

no tengo qué decirles. que las cosas van mal. todos lo saben. es una depresión. todos están sin trabajo o con miedo a perderlo, un dólar no vale más que cinco centavos, los bancos se van a la quiebra, los comerciantes guardan pistolas bajo el mostrador, los inadaptados andan libres. la gente parece no saber qué hacer y no se ve el final. sabemos que el aire es inadecuado para respirar y también lo es nuestra comida. nos sentamos a ver la televisión mientras el anunciador nos dice que hoy hubo quince homicidios y sesenta y tres crímenes violentos. como si así debería ser. sabemos que las cosas están mal. peor que mal. es una locura. todo por todas partes es una locura, por eso ya no salimos. nos sentamos en casa. poco a poco el mundo en que vivimos se empequeñece. todo lo que decimos es por favor, al menos déjennos en paz en nuestra casa. quiero tener mi tostadora, mi televisor, mis neumáticos con bandas de acero. no diré nada. sólo déjennos en paz. no, no les voy a dejar en paz. quiero que se enfaden. no quiero protestas ni disturbios. no le escriban a su congresista. no sé qué decirles que le escriban. no sé qué hacer sobre la depresión, la inflación… los rusos, el crimen en las calles. todo lo que sé es que primero tienen que enfadarse. tienen que decir soy un ser humano, maldita sea! mi vida tiene valor.

Peter Finch, Network, un mundo implacable.

bits

ser bit no es fácil. porque todo el mundo tiene su lado oscuro. y no hay nada más oscuro y que guarde mejor los secretos de cualquiera que una pantalla de conectada a un ordenador o tablet o teléfono o lo que sea. antes era más sencillo. nos juntábamos en grupos de ocho, o incluso, de más mayores, de dieciséis, y nos convertíamos en personajes de juegos de acción, en parte de verdaderas obras de arte dibujadas con carácteres ascdos. incluso alguna vez formábamos parte de alguna partitura que se recreaba una y mil veces en un bucle infinito que, si tenías suerte, podía incluso entrar en la cabeza de los usuarios de aquellos ordenadores portátiles de simpleza abrumadora o máquinas de arcade, y repetirse más allá de la pantalla. yo una noche vez escuché a un viejo bit tuerto, manco y cojo, contar en una taberna cómo se había conseguido desdoblar y pasar parte de su información a la cabeza de un niño que no paraba de moverse, y se pasó todo el verano visitando lugares exóticos. bosques, su habitación, otros habitaciones de otros niños, el mar, la piscina, muchos bares distintos… hasta que la parte desdoblada se desvaneció en la memoria y él perdió gran parte de su información (una mano, una pierna y un ojo). valió la pena. valió la pena, repitió con nostalgia con la vista fijada en su pierna invisible. la verdad es que eran otros tiempos. la tecnología no se utilizaba para guardar secretos personales. es decir, existían los mastodónticos ordenadores de grandes corporaciones y gobiernos que sí utilizaban la información para fines más siniestros, pero, las máquinas personales eran algo mucho más naïf, más blanco, más sencillo. y nosotros éramos mucho más felices. ahora es demasiado complicado. miles de millones de bits nos dejamos llevar a cada nanosegundo de un sitio a otro del planeta, casi sin destino fijo. pasamos de una aplicación a otra, de un dispositivo a otro, sin apenas tener tiempo de ver lo que hay al otro lado. los datos aparecen y desaparecen en las pantallas con un simple movimiento de dedo, descartándonos al instante. incluso si formas parte de algún tipo de contenido secreto, la velocidad a la que te usan es insultante. eso, en realidad, es lo peor que te puede pasar. transformarte, de repente, en un secreto. quedas relegado a un diminuto espacio en un disco de cientos de miles de millones de bits como tú, y ves la luz muy de vez en cuando, clandestinamente, para ser apagado a los pocos instantes. por suerte, mi ciclo está a punto de terminar. creo que, si no fuera así, me buscaría la vida como virus.

para avanzar a veces hay que retroceder. Frank Oz, dentro del laberinto.

previsión

(escuchando marlango, un día extraordinario)

Irene Menéndez: va a ser complicado.
Benjamín Expósito: no me importa.
Irene Menéndez: cierra la puerta.

Soledad Villamil & Ricardo Darín, el secreto de sus ojos.

continuación

(escuchando el sonido de la calle)

hoy es el último texto antes de que el dos mil trece haga su aparición en nuestros calendarios. un año de esos en los que la lista de buenos propósitos se reduce a lo básico. ganas, fuerzas, sonrisas, amor, salud. así que, a pesar de que es viernes y es día de cine, sin que sirva de precedente, apetece continuar una historia que empezó hace años y que maduró como principio de algo más grande.

el detective Nestor Castillo se quedó sentado en la butaca, mirando la foto de aquella hermosa mujer que se reía. a pesar de que su nueva cliente ya se había marchado, podía ver su imagen perfectamente nítida, sentada en la silla, triste, apagada, sin colores. necesito que encuentre a esta persona, le había dicho, y le había entregado la foto que ahora tenía entre las manos. él, sin pensar en las dificultades de un caso así, lo había aceptado. aunque sólo fuera por intentar llegar a fin de mes o, sin admitirlo, porque le encantaría ver sonreír a alguien como ella. tal vez incluso con él a su lado. ser un detective soñador no le estaba llevando a ninguna parte, eso lo sabía. pero ponerse el traje de duro le había servido durante muchos años. ahora también? por dónde se empieza a buscar la alegría de alguien? no tenía ni la más remota idea. encendió su enésimo cigarrillo y echó el humo despacio. la foto quedó atrapada en la niebla espesa, que se quedó allí, flotando, como si quisiera devorar la imagen. el detective sopló despacio. el humo fue desapareciendo y dejó entrever los pequeños detalles que había en aquel trozo de papel brillante. las luces de algún bar servían como fondo de un decorado que se completaba con otros elementos clásicos de una noche de copas. en primer plano, una mesa baja, en la que había un par de botellas de cerveza medio llenas, dos vasos de tubo con, aparentemente, gintónic, a juzgar por las botellas de tónica que los acompañaban, un cenicero con tres colillas apagadas, y un plato con frutos secos. detrás de la mesa, un sofá rojo y, a los lados, dos pequeños taburetes cilíndricos, tapizados de tela del mismo color. en el centro de la imagen, sentados en el sofá, sofá había cuatro personas que se habían juntado para hacerse la foto. la segunda por la izquierda era ella, con la boca abierta, riéndose con todo el cuerpo. cerró los ojos y escuchó. en el local sonaba música pop, el little talks de of monsters and men, que hacía que el tiempo se detuviera en un instante de perfección. les oyó decir esto hay que inmortalizarlo. vamos a hacernos una foto. oye, nos puedes hacer una foto?, le preguntaron al camarero que pasaba por allí. claro. y se juntaron todos en el sofá. decid gintóniiiic, les dijo el joven vestido de negro y zapatos rojos, con la cámara en la mano. todos rieron. el flash lo iluminó todo. el detective volvió a abrir los ojos. podía empezar por ahí. cogió un bolígrafo y abrió la libreta por una página en blanco. cosas que la hacían feliz, escribió. y empezó una lista.

y ahora, algo completamente diferente… un hombre con tres nalgas. John Cleese, the Monty Pyton flying circus.

feliç 2013.

educación

(escuchando massive atack, helligoland)

cerrado por recortes. abierto por educación. en el edificio de infantil, los niños pintaban con las manos, jugaban, cantaban, bailaban y se reían a carcajadas. los voluntarios habían llenado cada minuto de la tarde para que nadie se aburriera. al otro lado del colegio, en una de las aulas, profesores, padres, madres, equipos directivos y voluntarios, hablan de lo que está ocurriendo. exponen hechos, buscan soluciones, plantean movimientos. lo único que quieren es que no les digan lo que se deben callar, que no les impongan lo que tienen que enseñar, que les dejen ir vestidos como quieran, que les dejen hablar en su lengua y de su cultura, que no les persigan por pensar ni los traten como a basura porque hacen su trabajo, un trabajo que se han ganado, para el que han estudiado, para el que han pasado unos exámenes y por el que sienten una vocación que, en algunos casos, se sale de las tablas. lo único que quieren es continuar levantándose con las ganas de ser parte de una escuela pública digna, plural y que no distinga a los niños por motivos de lengua, raza, salud, religión, nivel económico o ideología de sus padres. algunos pensarán nosotros éramos cuarenta en clase y sólo hablábamos una lengua y estudiábamos de memoria y en libros y no hemos salido tan mal. es posible. pero de eso hace ya cuarenta años y, desde entonces, hemos avanzado mucho, han avanzado mucho. y hay que seguir haciéndolo. porque de lo que se hablaba ayer es de una situación que vuelve a los años en los que el maestro era, con el cura, el alcalde y el guardia civil, la figura por imposición y obediencia más importante del pueblo. nada tenía que ver la valentía, capacidad, comprensión o excelencia. nada. un tiempo en el que, si valías y te portabas bien, tenías grandes privilegios y eras bien recibido en cualquier lugar. de lo contrario, te enviaban al desierto para que la neurona se secara. cerrado por recortes. abierto por educación. las cosas cambiarán en pocos años, dicen algunos. es posible. pero las heridas dejan cicatrices y eso no se borra en pocos años. pues precisamente por eso.

oh, capitán, mi capitán. Tom Shulman, el club de los poetas muertos.



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