sal

(escuchando Hiromi, voice)

a los que nos dedicamos a esto de la imagen gráfica y (ahora ya no tanto) publicidad, ver el trabajo de alguien como Bansky nos fascina. por lo menos, me fascina. es un o una transgresor o transgresora, una persona sin rostro que sabe cómo poner la pintura en la pared y gritarle al mundo esto no me gusta, esto no debería ser así, oigan, hagan algo de una maldita vez. son raras las veces en las que no le estrecharía la mano y le daría las gracias por decir lo que otros sólo callamos. luego habla de tu trabajo. o del sistema sobre el que sustenta tu trabajo. y, una de dos, o bajas la cabeza y otorgas, o le das la razón directa y controvertidamente. ahí va. en sus propias palabras.

se cachondean de ti cada día. se meten en tu vida, te agreden gratuitamente y desaparecen. te acechan desde altos edificios y te hacen sentir pequeño. lanzan frívolos comentarios desde autobuses insinuando que no eres lo bastante sexy y que la diversión está en otro sitio. están en la televisión haciendo que tu chica se sienta incómoda. tienen acceso a la tecnología más avanzada que el mundo ha conocido y te acosan con ella. son los anunciantes. y se ríen de ti. tú, sin embargo, tienes prohibido tocarlos. las marcas registradas, los derechos de propiedad intelectual y los derechos de autor permiten a los anunciantes decir lo que quieran, donde quieran, con total impunidad. a la mierda con eso. todo anuncio en un espacio público, sin darte la posibilidad de elegir si quieres verlo o no, pasa a ser tuyo. es tuyo para que lo cojas, lo modifiques y lo reutilices. puedes hacer lo que quieras con él. pedir permiso sería como preguntarle a alguien si puedes quedarte con la piedra que acaba de tirarte a la cabeza. no debes nada a las empresas. ni eso. sobre todo no les debes ningún respeto. ellos te lo deben a ti. han reorganizado el mundo para ponerse delante tuyo. nunca te pidieron permiso, no se te ocurra pedir tú el suyo.

Bansky, sobre la publicidad.