ritual

(escuchando hooverphonic, sit down and listen to)

lo mejor es hacerlo de noche, cuando el pueblo está en silencio y sólo se oye un motor a lo lejos, probablemente algún joven que vuelve a casa corriendo, para que sus padres no le echen la bronca. sentado en la orilla, te dejas mecer por las olas. primero te mojas los dedos de los pies, luego los de las manos y, finalmente, sumerges todo el cuerpo. esperas a que la corriente te transporte a su ritmo. a veces, como una balsa de aceite, suave, con la calma que todos hemos deseado en los días en los que, como hoy, las noticias no han sido demasiado halagadoras en el trabajo. otras, es como una montaña rusa, y dispara las emociones hasta más allá de las sombras de la luna que ahora te acompaña, multiplica el ritmo cardíaco y describe arcos imposibles en el movimiento de tus ojos imaginando historias. estás a salvo, lo sabes, nadie te puede hacer daño. las olas se comunican con tus neuronas, más allá de cualquier experiencia física. de repente, lo notas, sabes que está ocurriendo otra vez. empiezas a ver borroso, a sentir que ya nada tendrá sentido a partir de ahora. intentas repetir la ola, pero ya no hay solución. te dejas llevar. te estás hundiendo. las manos ya no responden y el más profundo de los sueños te reconforta. el libro se te cae de las manos. casi sin despertar, lo dejas sobre la mesita. apagas la luz. balbuceas algo con una sonrisa. buenas noches.

en su lecho de muerte, les dijo a los doctores que tuvo una buena vida y que lo que le molestaba de morir era que acababa de empezar a leer Moby Dick y quería ver qué pasaba. Patrick Horgan, Zelig.