números

(escuchando Astor Piazolla, milonga del ángel, algo que un anónimo decidió dejarle a emejota y de lo que me he apoderado)

la soledad de los números primos se ha convertido en una historia necesaria, dormida para despertarte, triste para obligarte a sonreír, física para que la imagines, dolorosa para calmar los golpes. cómo me gusta que un libro me retuerza un poco. o incluso un mucho.

Matti miró a Alice a escondidas, para que ella no se diera cuenta de que había empezado a sudar por dentro, justo debajo de la piel. los ojos calcularon las probabilidades de que sus miradas se encontraran un poco más allá de lo que complementan los cuerpos, pero se perdieron en las manos, apoyadas sobre las sábanas, que se acercaban a las suyas, buscándolas, esperando. luego ella le dijo qué miras? y sonrió. Matti le sostuvo la mirada todo lo que pudo, algo menos de diez segundos, dispuesto a decirle que a ella, que ya no tenía miedo, que había dejado en un cajón los brazos helados de Michela, que el peso de su hermana ya no estaba sobre sus pasos, pero no lo hizo. miró las paredes de la habitación, sin un solo objeto que le recordara a nada, vacía, uno de esos lugares en los que nadie querría vivir. nadie excepto él. y, tal vez, Alice.

alguien dijo una vez que hay silencios muy elocuentes. Joseph Cotten, el tercer hombre.