llovizna

(escuchando pearl jam, ten redux)

dos adolescentes se miran de reojo, uno a cada lado de la parada del autobús. son dos chicos normales, sin nada que destaque de en su indumentaria de vaqueros caídos, camisetas por fuera y chaqueta de chándal. uno lleva unos auriculares enormes alrededor del cuello. el otro, unos mucho más pequeños colgando de sus oídos. se estudian. se gustan. pero no se hablan. el de los auriculares saca la mano del bolsillo y rebusca en el ipod una banda sonora a la mirada de alguna cosa más. qué le digo, piensa. un grupo de extranjeros con la mochila al hombro contempla el horario con cara de no entender nada. a pesar de estar esperando la línea que lleva a la zona turística, no parece que la llovizna que cae sobre sus cabezas les importe lo más mínimo. una pareja de personas mayores escrutan la calle buscando el vehículo que les llevará al hotel. parecen no tener nada en común, uno de esos matrimonios en los que la magia desapareció hace años y ninguno de los dos tiene intención de recuperarla, sólo de pasar los días lo más plácidamente posible. pero, si uno se fija bien, se da cuenta de que están cogidos de la mano. una madre balancea el brazo y mueve, por inercia, el de su hijo que, cargado con una mochila llena de libros, sonríe y hace cábalas sobre si el próximo vehículo que pase lo haga sobre el charco que tienen justo enfrente. pero no. el autobús dobla la esquina y entra en la calle. la parada parece un enjambre de abejas al que acaban de dar una patada. la puerta se abre frente a la pareja mayor. él la deja subir primero. los extranjeros se arremolinan. la madre empuja a su hijo. los adolescentes se encuentran ante los escalones. una vez dentro, se sentarán uno junto a otro.

– a veces pienso que fue una casualidad y otras veces que significaba algo.
– es lo que tienen las casualidades que a veces significan más cosas, no?

Albert Espinosa, tu vida en 65′.