lectura

(escuchando lo que sea que estén poniendo en la radio, que ahora mismo no lo sé, pero suena de muerte)

leía tumbada boca arriba en el parque, sobre la hierba. al principio, no te dabas cuenta. pero, si la mirabas durante un rato, veías algo inusual. aquella chica no tocaba el libro con las manos, lo mantenía flotando sobre su rostro a unos cincuenta centímetros aproximadamente. sus pupilas recorrían las líneas con voracidad y saltaban de las páginas pares a las impares sin que el libro sufriera más que un pequeño movimiento de flotación, empujado por la brisa. ni siquiera usaba sus manos para girar las páginas. simplemente, pasaba del final de la página impar al principio de la página par y las hojas se movían solas. o las movían sus ojos. me acerqué, me puse de cuclillas a su lado y le pregunté cómo lo haces? el qué?, respondió sin apartar la vista de las letras. mantener el libro flotando para leer. no lo hago yo, contestó. sus ojos dejaron de recorrer el papel para centrarse en mi. el marcapáginas se introdujo entre las hojas, el libro se cerró y se posó sobre su pecho. son ellos, los libros. lo hacen para que no me moleste el sol. nos llevamos muy bien, los libros y yo. los tuyos no te sonríen nunca?, preguntó divertida, sin darle la más mínima importancia. no, los míos no están vivos, admití. todos los libros están vivos. sólo hay que decirle las frases adecuadas. me quedé en silencio, sin saber qué responder. hablaba con total naturalidad, como si lo estaba haciendo fuera la cosa más obvia del mundo. vale, gracias, dije. me puse de pie y me marché. de nada, dijo ella. el libro volvió a elevarse. mientras se abría, el marcapáginas salió del punto en el que estaba y se colocó en la última página. ella siguió leyendo.

no digas estupideces. no hay ningún andén nueve y tres cuartos. Richard Griffiths, Harry Potter y la piedra filosofal.