Goya

(escuchando the black crowes, before the frost…)

ayer por la noche, el presidente de la academia del Cine Español hizo algo que uno no recuerda haberlo visto antes en una ceremonia de premios. recordarle a los allí presentes que no son más que trabajadores, y que la gente paga por ir a ver su trabajo y que lo que tienen que hacer es ser más humildes y hacer bien aquello por lo que les pagan. una colleja y un fuerza y honor al final. ups. y Alex de la Iglesia consiguió diez puntos de credibildiad extra ante un público cansado de ceremonias aburridas y películas producidas para vivir de subvenciones. y lo hizo aprovechando la coyuntura de un año en el que se han estrenado algunas de esas historias que van a engrosar las estanterías cinéfilas en cuanto aparezcan en edición bonita. tiempo atrás, cuando las horas de sueño no eran obligatorias para el cuerpo, los domingos como el de ayer eran una excusa para que corrieran las cervezas ante una pantalla de televisión. para eso y para alimentar las ganas de celuloide. desde entonces, habían pasado muchas ediciones con la pantalla en negro o parpadeando alguna otra cosa. pero ayer entró en escena un Buenafuente nervioso y nos hizo levantar una ceja. algo que hacía mucho que no ocurría. y, aunque sólo fuera por eso, ya valió la pena. por eso y poque reconcilió al hombre del síndrome y el overdowse con las ceremonias. por eso y porque la vimos a medias, aunque fuera un rato, compartiendo manta. por eso y porque a los que nos gusta el cine, nos gusta saber que las películas que nos gustan también gustan a los jueces. y al resto del mundo, claro. no fue una gozada, pero sí un nos quedamos con la duda sobre el año que viene.

te das cuenta, Benjamín, el tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios. pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín. no puede cambiar de pasión. Gillermo Francella, el secreto de sus ojos.