factura

(escuchando Norah Jones, the fall. oh, grata sorpresa)

se levantó como si le hubieran pasado por encima una manada de elefantes. la nariz taponada, los huesos doloridos, y las manos viejas y cansadas. la cabeza había aumentado de peso unos cinco o seis kilos, y el cuello se sentía incapaz de sostener semejante envergadura. los ojos le lloraban y el aire parecía no querer entrar en sus pulmones. el peso del trabajo sin descanso y sin un respiro, ni siquiera uno diminuto, le habían pasado factura. eso y algún virus que planeaba por la habitación con ganas de quedarse en el cuerpo de un pobre despistado, con las defensas hundidas bajo los números rojos. por suerte, un batallón de aerosoles y pastillas y jarabes contra la tos, llegaron en su ayuda, siguiendo órdenes estrictas dictadas desde el punto de acción contundente. eso, y el cuidado certero y calusoro de las manos en casa. y pudo volver a despertar sin hundir la cabeza en la almohada otra vez a la primera bocanada de oxígeno. y pudo continuar con su actividad diaria. que le esperaba, vestida de marrón, escondida en el disco duro del servidor.

sin lugar a dudas, me había curado. Malcolm McDowell, la naranja mecánica.