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(escuchando Pixies, doolittle. que uno también necesita sus momentos punk)

buscó su historial. era fácil hacerlo. bastaba con una huella dactilar para saber si estaba fichado, si tenía multas por pagar, si ganaba dinero, si defraudaba a hacienda. la gente era tan descuidada. nadie pensaba en las consecuencias de actos tan cotidianos como usar un teclado, beber de un vaso, poner tu nombre en un formulario de internet. todo eso dejaba huellas, pistas, con las que era muy sencillo hacerse una idea de si alguien era buena o mala persona, si merecía vivir o morir. tecleaba de noche, acompañado por el silencio de los mástiles de los barcos en el puerto. miraba la pantalla con respeto, reflexionando cada resultado que le ofrecía. tomó otro sorbo de cerveza. borró el historial de los programas de tráfico y de reconocimiento de huellas. los cerró. miró a través del cristal de la ventana y apuró la botella. comprobó la bolsa de herramientas. todo estaba en su sitio. salió de su apartamento. hacía tiempo que no actuaba. necesitaba focalizar su ira, tenía que manchar las hojas afiladas de sus cuchillos. era una noche cálida, con una ligera brisa de verano. Dexter había vuelto.

cuando llegó el otoño, no fue el orgullo lo que mantuvo viva a Grace, sino ese trance en que entran los animales amenazados, un estado en el que el cuerpo reacciona mecánicamente, sin demasiada reflexión. como un paciente que se deja dominar por la enfermedad. John Hurt, Dogville.