bits

ser bit no es fácil. porque todo el mundo tiene su lado oscuro. y no hay nada más oscuro y que guarde mejor los secretos de cualquiera que una pantalla de conectada a un ordenador o tablet o teléfono o lo que sea. antes era más sencillo. nos juntábamos en grupos de ocho, o incluso, de más mayores, de dieciséis, y nos convertíamos en personajes de juegos de acción, en parte de verdaderas obras de arte dibujadas con carácteres ascdos. incluso alguna vez formábamos parte de alguna partitura que se recreaba una y mil veces en un bucle infinito que, si tenías suerte, podía incluso entrar en la cabeza de los usuarios de aquellos ordenadores portátiles de simpleza abrumadora o máquinas de arcade, y repetirse más allá de la pantalla. yo una noche vez escuché a un viejo bit tuerto, manco y cojo, contar en una taberna cómo se había conseguido desdoblar y pasar parte de su información a la cabeza de un niño que no paraba de moverse, y se pasó todo el verano visitando lugares exóticos. bosques, su habitación, otros habitaciones de otros niños, el mar, la piscina, muchos bares distintos… hasta que la parte desdoblada se desvaneció en la memoria y él perdió gran parte de su información (una mano, una pierna y un ojo). valió la pena. valió la pena, repitió con nostalgia con la vista fijada en su pierna invisible. la verdad es que eran otros tiempos. la tecnología no se utilizaba para guardar secretos personales. es decir, existían los mastodónticos ordenadores de grandes corporaciones y gobiernos que sí utilizaban la información para fines más siniestros, pero, las máquinas personales eran algo mucho más naïf, más blanco, más sencillo. y nosotros éramos mucho más felices. ahora es demasiado complicado. miles de millones de bits nos dejamos llevar a cada nanosegundo de un sitio a otro del planeta, casi sin destino fijo. pasamos de una aplicación a otra, de un dispositivo a otro, sin apenas tener tiempo de ver lo que hay al otro lado. los datos aparecen y desaparecen en las pantallas con un simple movimiento de dedo, descartándonos al instante. incluso si formas parte de algún tipo de contenido secreto, la velocidad a la que te usan es insultante. eso, en realidad, es lo peor que te puede pasar. transformarte, de repente, en un secreto. quedas relegado a un diminuto espacio en un disco de cientos de miles de millones de bits como tú, y ves la luz muy de vez en cuando, clandestinamente, para ser apagado a los pocos instantes. por suerte, mi ciclo está a punto de terminar. creo que, si no fuera así, me buscaría la vida como virus.

para avanzar a veces hay que retroceder. Frank Oz, dentro del laberinto.