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Goya

(escuchando the black crowes, before the frost…)

ayer por la noche, el presidente de la academia del Cine Español hizo algo que uno no recuerda haberlo visto antes en una ceremonia de premios. recordarle a los allí presentes que no son más que trabajadores, y que la gente paga por ir a ver su trabajo y que lo que tienen que hacer es ser más humildes y hacer bien aquello por lo que les pagan. una colleja y un fuerza y honor al final. ups. y Alex de la Iglesia consiguió diez puntos de credibildiad extra ante un público cansado de ceremonias aburridas y películas producidas para vivir de subvenciones. y lo hizo aprovechando la coyuntura de un año en el que se han estrenado algunas de esas historias que van a engrosar las estanterías cinéfilas en cuanto aparezcan en edición bonita. tiempo atrás, cuando las horas de sueño no eran obligatorias para el cuerpo, los domingos como el de ayer eran una excusa para que corrieran las cervezas ante una pantalla de televisión. para eso y para alimentar las ganas de celuloide. desde entonces, habían pasado muchas ediciones con la pantalla en negro o parpadeando alguna otra cosa. pero ayer entró en escena un Buenafuente nervioso y nos hizo levantar una ceja. algo que hacía mucho que no ocurría. y, aunque sólo fuera por eso, ya valió la pena. por eso y poque reconcilió al hombre del síndrome y el overdowse con las ceremonias. por eso y porque la vimos a medias, aunque fuera un rato, compartiendo manta. por eso y porque a los que nos gusta el cine, nos gusta saber que las películas que nos gustan también gustan a los jueces. y al resto del mundo, claro. no fue una gozada, pero sí un nos quedamos con la duda sobre el año que viene.

te das cuenta, Benjamín, el tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios. pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín. no puede cambiar de pasión. Gillermo Francella, el secreto de sus ojos.

fotos

(escuchando massive attack, heligoland. me fascina la música que se escucha mejor con las luces apagadas)

hay veces en las que uno intenta resumir algo que le llama la atención, pero no termina de encontrar las palabras para hacerlo. entonces escuchan a uno de esos maestros que nos alimentan las neuronas cada día. y se da cuenta de que le queda mucho por aprender.

el otro día, un tío me paró por la calle y me dijo nos podemos hacer una foto? y yo dije bueno, vale. y el tío me abraza. y nos quedamos abrazados allí, sin nadie delante ni nada. y yo le preguntó, oye, quién la va a hacer la foto? y el tío me dice y yo que sé. y yo que sé. el tío había visto que yo hacía fotos y ha dicho ah, pues yo también.
si llega el fin del mundo, la gente estará más pendiente de hacer fotos, que no podrás enviar, porque se acabará el mundo y ya no habrá nadie a quien enviarla, que del fin del mundo.

Andreu Buenafuente, entrevistado por Albert Om.

hiromi

(escuchando Hiromi, beyond standards)

sale al escenario sin saber muy bien qué hacer con las manos. las ha juntado frente al pecho y las frota ligeramente. al pasar ante el piano, se gira hacia el público y saluda con una pequeña reverencia. sonríe tímidamente y se sienta ante el Steinway & sons de cola, abierto, impecable. sobre sus teclas, un sintetizador con wha-wha, y, a su derecha, un roland rojo y reluciente. empieza con soflty as in a morning sunrise. y parece que no va a ocurrir nada del otro mundo, sólo una banda de muy buenos músicos de jazz versionando estándars. entonces hace un solo. y te das cuenta de que lo que vas a ver durante las próximas dos horas va a ser de las cosas más emocionantes que has visto sobre un escenario. a la par de cuando viste al príncipe de Minneapolis la primera vez, en quinta fila, en el Wembley arena, hace ya tantos años. las manos de Hiromi Uehara se deslizan por el piano sin esfuerzo, sobrevolando las teclas sin apenas tocarlas, sus dedos se hacen invisibles para convertirse en emociones que vibran desde las cuerdas del piano hasta los asistentes. y los ojos sienten un nudo ahí, justo en el corazón, a punto de salir. es así. procuras que no se note, pero es así. emociona, traspasa, sobresale de las notas y te llega directo a la piel, que reacciona erizándose. y entonces te das cuenta de que no se puede hacer lo que está haciendo, que es imposible tocar tantas notas a la vez a tanta velocidad y que suene perfecto, impecable, enorme. veintitrés minutos después, termina el tema. el público rompe la tensión en un aplauso gigantesco. se pone de pie. acaba de empezar y el público ya está de pie. ella sonríe. coge un micrófono y saluda en castellano. habla como la camarera del chino al que le pides comida por teléfono los días de lluvia y peli. y sonríe mucho. y da las gracias. presenta a la banda. su imagen no tiene nada que ver con su música. porque su imagen no importa. es mucho más que una pianista amante del rock y el jazz y los clásicos por igual. es uno de los espectáculos más fascinantes que hemos tenido la suerte de sentir y ver y escuchar y degustar y recordar.

la música, la auténtica música, no sólo el rock’n'roll, te elige a ti. en tu coche, o a solas, con los cascos, con esos puentes y los coros de ángeles en el cerebro. es un lugar apartado. Phillip Seymour Hoffman, casi famosos.

lo posible

(escuchando Coque Malla, la hora de los valientes. así se hace un disco, sí señor)

cuando te enteras de ciertas noticias, no puedes evitar quedarte con cara de vaya, qué lástima.

Bill: hola, pequeña.
la novia: cómo has dado conmigo?
Bill: porque soy el mejor.
la novia: qué estás haciendo aquí?
Bill: que qué hago? bueno, hace un momento tocaba la flauta, ahora mismo estoy viendo a la novia más preciosa que hayan visto estos viejos ojos.
la novia: qué haces aqui?
Bill: quería verte.
la novia: vas a portarte bien?
Bill: no me he portado bien en toda mi vida, pero haré lo posible por ser amable.

David Carradine & Uma Thurman, kill Bill.

your fukin’ love

(escuchando eso de ahí abajo)

mil novecientos ochenta y ocho. dieciséis años. Wendy James.

de modo que ser adulto era esto, tener un velocímetro que marca de 0 a 210, pero no ir nunca a más de 60. Guillaume Canet, quiéreme, si te atreves.

visita

(escuchando plaid, bso tekkon kinkreet)

salió del hotel con doce escoltas. se subió al coche blindado y se dirigió a su primer destino. allí lo esperaba una multitud ensordecedora. el chófer dio la vuelta y aparcó en la parte de atrás. entraron por la salida de emergencia y se dirigieron al camerino. en la sala de setenta metros cuadrados había cinco sofás, seis butacas y varias mesas llenas de comida, y una nevera a rebosar de bebidas frías y champán. pidió silencio y todos obedecieron. bajó la cabeza y se concentró. estaba a punto de salir ante cientos de miles de personas que le escucharían con devoción. le pidió a Dios fuerzas para no flaquear. luego, miró los que le acompañaban en aquel de momento, que esperaban a su señal para empezar. salió de la sala y se dirigió al palco. allí había más gente de la que esperaba. aplaudieron con ganas y con la esperanza de que aquella visita del Papa a África les trajera comida y ayuda para continuar respirando. el pontífice comenzó a hablar. nadie dijo que no fuera elocuente. incluso los menos convencidos tuvieron que aceptar que aquel hombre era capaz de convencer a estadios enteros. incluso a aquellos que, desde los pueblos de adobe y cañas, no habían podido levantarse de la cama para acudir a escucharle.

bienvenidos a la raza humana. Kurt Russell, rescate en LA.



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