lo último

milagros

(escuchando pearl jam, no code)

qué grandes, ciertos cuentos.

Íñigo Montoya: ha dicho amor verdadero. no podríais pedir una causa mas noble.
el milagroso Max: sí hijo, el amor verdadero es lo mas grande del mundo. a excepción de los bocadillos de cordero lechuga y tomate, cuando el tomate está maduro y el cordero esta en su punto. están tan sabrosos. me encanta.
pero no ha dicho eso. ha dicho claramente fa-ro-le-ro. y como sabemos farolero significa tramposo. estarías jugando a cartas alguien hizo trampas y…
Valerie: mentiroso… mentiroso… mentiroooooooso.
el milagroso Max: calla bruja.
Valerie: no soy una bruja soy tu mujer, pero después de lo que has dicho no estoy segura de querer seguir siéndolo más. amor verdadero… ha dicho amor verdadero.

Mandy Patinkin, Billy Cristal & Carol Kane, la princesa prometida.

Bilbao

(escuchando massive attack, heligoland)

el marrón ha impedido muchas cosas, pero, por suerte, el fin de semana (todavía) no se trabaja.

dicen los que estuvieron allí hace tiempo que Bilbao ha cambiado completamente. que ahora la ciudad mira a la ría y que se han abierto espacios para que la luz llegue a casi todos sus rincones. los que hemos estado después de esa transformación no podemos estar más de acuerdo. sobre los puentes que atraviesan el Nervión uno tiene la sensación de que el crecimiento de una ciudad no tiene porqué ir contra la belleza de las formas, la modernidad, la invitación a salir a la calle. este conglomerado de edificios, personas, espacio, aire y agua, tiene algo que permite pensar no me importaría vivir aquí un tiempo lo suficientemente largo como para explorar cada esquina, cada taberna, cada pequeña tienda, cada sala de cine. y no sólo por el Guggenheim y sus alrededores, uno de esos edificios que te obligan a abrir la boca para no decir nada, porque todo lo que puedas decir le hará poca justicia, sino por todo lo que significa que hayan sido capaces de construirlo y de integrarlo entre sus pasos de forma natural. que ya es mucho. porque la vida más allá de las casas y los edificios es algo que define una ciudad. y la de Bilbao te arropa. la de los propios edificios y espacios, y la de la gente que los disfruta. supongo que uno ya se ha acostumbrado a entrar en un ascensor y que nadie le dirija la palabra, a decir buenos días y que contesten tímidamente, a que la relación con muchos camareros se reduzca a mera transacción económica. y cuando se traspasa esa barrera con una sonrisa, sorprende. que gente obtusa la hay en todas partes, pero en unos sitios menos que en otros. y contemplar los bares llenos de pintxos está fuera de lugar, aunque ya de por sí es un espectáculo, porque es en las mesas y, sobre todo, en las barras, o en la calle, donde uno siente ese hormigueo necesario para continuar con vida. una gozada de fin de semana largo en la mejor de las compañías, la de su nombre con sabor de agua y la de su sonrisa de felicidad y sorpresa. además de ese aire con sabor a norte que tanto nos gusta, claro.

Amelie tiene de repente la extraña sensación de estar en total armonía consigo misma, en ese instante todo es perfecto, la suavidad de la luz, el ligero perfume del aire, el pausado rumor de la ciudad. André Dussollier, Amélie.

clicks

(escuchando the action design, never say. un poquito de adrenalina, por favor)

brown. último acto.
o no.

elegí un mal día para dejar de oler pegamento. Lloyd Bridges, aterriza como puedas.

Jack

(escuchando karnivvol, sound awake. guitarras que crecen y crecen y crecen)

se había cansado de todo aquello. así que prefirió quedarse solo. era una decisión difícil, porque nunca había estado solo del todo, pero también necesaria, porque su situación le había obligado a estar escondido demasiado tiempo. subió al primer tren que encontró en el andén. el billete? ya lo compraría cuando pasara el revisor. buscó un asiento libre, junto a la ventana, lejos de aquella pareja con niños que, seguro, no le iban a dejar leer tranquilo. al otro lado del pasillo, una pareja discutía en un idioma que no identificó bien. no era inglés, ni alemán… búlgaro? podía ser. no le hubiera importado lo más mínimo, de no ser porque cada vez levantaban más la voz. maldita sea. el tren se puso en marcha. la discusión se iba calentando a medida que pasaban los metros, así que cuando salieron de la estación, estaban a punto de llegar a las manos. Jack se estaba poniendo muy nerviosos. en el vagón sólo estaban la pareja, la familia y él. pero no podía hacer nada. demasiados testigos. el padre de los niños, un hombre corpulento, de aspecto bonachón y gafas, se levantó. disculpe, se dirigió al marido, podrían dejar de gritar? están asustando a mis hijos. como respuesta, recibió una larga lista de algo que parecía insultos. la mujer supuestamente rumana reprendió a su marido, como diciéndole que se callara, que aquel hombre no tenía ninguna culpa de sus problemas. él le contestó con una bofetada en plena cara que retumbó en todo el tren. la mujer se calló en seco. los niños se pusieron a llorar. el padre de familia, tomó al más pequeño en brazos, a una niña de unos cinco años de la mano y se marchó. su mujer, que llevaba un bebé enganchado al pecho, le siguió. desaparecieron por la puerta. Jack no se movía del asiento. el hombre se giró hacia él con violencia y se puso a insultarle. o eso le pareció a Jack, que ya había apretado el puñal en el bolsillo de la casaca. sus gritos se mezclaron con la sangre que le brotó del cuello. la mujer quedó paralizada unos instantes y luego salió del vagón. la locomotora hizo su primera parada. Jack bajó al andén y se perdió por las callejuelas junto a la estación.

no somos criminales. nos ocupamos de nuestras cosas. no le pedimos nada a nadie. James Caan, Dogville.

parecido

(escuchando Bruce Springsteen, working on a dream)

nueve, nueve, nueve, nueve, nueve de cada diez dentistas españoles recomiendan un chicle sin azúcar. hoy, con todos ustedes, entre el público, el hijo de puta que lo recomienda con azúcar. buenas noches, gracias, gracias. desde Madrid, nosaltres. así empezó la terapia de casi dos horas de carcajadas llamada parecido no es lo mismo. Juan Carlos Faemino y Javier Cansado llevan veintitantos años sobre los escenarios y siguen tan en forma como el primer día. con el lenguaje como único aliado, construyen fábulas surrealistas, destripando una sociedad casi sin rozarla, y consiguen espectáculo sirva de excusa para sentir que hacía tiempo que no te reías tanto. con alma de contadores de historias e histerias, el público les arropa y se siente cómplice de su humor, un humor aparentemente improvisado, pero estudiando hasta la última coma, incluidos sus ataques de risa sobre el escenario. dos tipos, uno alto y el otro más alto, hablan sin parar de su vuelta al mundo (Gana es un timo, en sus casinos juegas al par y sale impar, juegas al dieciocho y sale el treinta y siete), de su experiencia con una chica de mostrador al querer hablar con el señor Halcón, el de los viajes (que menudo nivel el del personal), del cambio climático (que llegue ya, que hace un frío de cojones. Al Gore, devuélvenos el dinero de los deuvedés), del consumo (las aguas fecales huelen fuerte, pero también huele fuerte Hugo Boss y te clavan sesenta euros por un bote así de pequeño), del humor (si contamos un chiste sin gracia, ustedes se ríen, que es mejor estar aquí que delinquiendo), y de cualquier otra cosa que su verborréica lengua les ofrezca. sólo eso. casi nada. una gozada de espectáculo que bebe de las fuentes de humor inglés, porque fueron a Londres a inspirarse (pero como somos españoles, no nos inspiramos, directamente lo copiamos todo), que te deja con un gran sabor de boca y de mandíbula, los ojos llorosos y la sensación de que no está todo perdido.

acaso no tienen sentido del humor? que son, apolíticos? Javier Cansado, parecido no es igual.

moderadamente

(escuchando pearl jam, riot act)

James: Helen, oye, a veces aparecemos en la vida de una persona justo cuando necesita que la mimen y la tranquilicen. y resulta que por alguna razón esa es nuestra misión. no sabemos porqué. en tu caso es mi misión. y si te soy sincero, el hecho de que te encuentre moderadamente atractiva hace el trabajo más fácil para mí. mis intenciones son honorables, no tengo ningún deseo de pasarme de la raya. en serio. prefieres diamantes o zafiros? oh, lo siento.
Hellen: moderadamente atractiva?
James: aja! sabía que estabas escuchando. bueno, cambiando esa mirada triste y esa boca caída, te calificaría mejor.

John Hannah & Gwyneth Paltrow, dos vidas en un instante (sliding doors)

hacha

(escuchando the incredible bongo band, rongo rock)

no sé qué me preocupa más. si el hecho de que estoy hablando como un animal en guerra con todo lo que me rodea, o el hecho de que tú me respondas igual. sacamos el hacha y la levantamos con intención de partir a nuestro oponente en trocitos. la vida parece ser así. unos ganan y otros pierden. pero lo pierden todo. hacer añicos a tu contrincante en la batalla es lo más importante. eso y tener el mayor número de soldados a tus espaldas para que te apoyen cuando sea necesario y, sobre todo, para que intimiden con su sola presencia. el uno frente al otro, nuestras cuerdas vocales no sirven para hablar, sino para emitir todo tipo de sonidos guturales que obliguen al contrincante a superarlos en contundencia. movemos los brazos indiscriminadamente, sin control alguno sobre nuestros actos, programados por la necesidad de terminar rodeados por un baño de sangre y pedazos. aunque ganar una batalla no significa ganar la guerra, porque la guerra dura todos y cada uno de los días que estás en activo. la batalla es sólo el principio de una defensa continua del título. y de una carrera por engordar los ejércitos. para seguir levantando el hacha y aplastar al enemigo. antes de que él te aplaste a ti. lo de los daños colaterales a los espectadores ante tan descarnado espectáculo, es harina de otro costal. o de otra época, si lo prefieren.

qué cojones tiene que ver este asunto con el Vietnam? de qué cojones estabas hablando? Jeff Bridges, el gran Lebowsky.

poder

(escuchando Keb ‘Mo, keep it simple)

el barrio estaba dividido en pandillas. básicamente, había dos grandes grupos en los que se concentraban casi todos los chicos y chicas, y que estaban enfrentados continuamente, y luego pequeñas asociaciones de pocos miembros, que compartían la filosofía de uno o de otro de los grandes, pero con matices insalvables. todas las pandillas tenían una especie de decálogo, una lista de principios en los que basaban sus acciones. realmente, la lista no era lo importante, ya que los principios variaban en función de la aceptación que tuvieran entre sus miembros y de los problemas que les causaban cuando intentaban ponerlos en práctica en el barrio. lo verdaderamente importante era lo que iba por debajo, las relaciones entre sus miembros y, sobre todo, con los amigos de los miembros. ahí es donde estaba el meollo de la cuestión. porque si una de las dos grandes pandillas conseguía el apoyo de una de las pequeñas, podía conseguir la mayoría suficiente como para ejecutar medidas de fuerza e imponer su propia ley en el barrio. y las pequeñas oscilaban entre sentir simpatía por una u otra, en función de lo que se le prometiera. podía ser el control de las plazas, de los columpios, de los bancos en los que sentarse a beber, cualquier cosa que significara poder. evidentemente, los jefes de las pandillas eran los que se enfrentaban con más asiduidad, protagonizando los más disparatados discursos de insultos que se recuerdan. pero el problema aparecía cuando los que no eran jefes tenían aspiraciones de serlo. porque sus métodos no eran siempre ortodoxos. se sobornaban a los organizadores de las fiestas de verano para que contrataran a este o aquel grupo de música, a los jueces de los concursos de belleza, a los policías para que hicieran la vista gorda a ciertas gamberradas, a los vigilantes de los supermercados… hasta que algún padre descubría los chanchullos. entonces nadie era amigo de nadie. y el declarado culpable, normalmente un cabeza de turco, se pasaba meses castigado, sin salir. era una época en la que o atacabas o te defendías. si el barrio conseguía mejorar o no, daba un poco igual. bueno, más o menos como ahora.

no subestimes el poder del lado oscuro. David Prowse, el imperio contraataca.

Goya

(escuchando the black crowes, before the frost…)

ayer por la noche, el presidente de la academia del Cine Español hizo algo que uno no recuerda haberlo visto antes en una ceremonia de premios. recordarle a los allí presentes que no son más que trabajadores, y que la gente paga por ir a ver su trabajo y que lo que tienen que hacer es ser más humildes y hacer bien aquello por lo que les pagan. una colleja y un fuerza y honor al final. ups. y Alex de la Iglesia consiguió diez puntos de credibildiad extra ante un público cansado de ceremonias aburridas y películas producidas para vivir de subvenciones. y lo hizo aprovechando la coyuntura de un año en el que se han estrenado algunas de esas historias que van a engrosar las estanterías cinéfilas en cuanto aparezcan en edición bonita. tiempo atrás, cuando las horas de sueño no eran obligatorias para el cuerpo, los domingos como el de ayer eran una excusa para que corrieran las cervezas ante una pantalla de televisión. para eso y para alimentar las ganas de celuloide. desde entonces, habían pasado muchas ediciones con la pantalla en negro o parpadeando alguna otra cosa. pero ayer entró en escena un Buenafuente nervioso y nos hizo levantar una ceja. algo que hacía mucho que no ocurría. y, aunque sólo fuera por eso, ya valió la pena. por eso y poque reconcilió al hombre del síndrome y el overdowse con las ceremonias. por eso y porque la vimos a medias, aunque fuera un rato, compartiendo manta. por eso y porque a los que nos gusta el cine, nos gusta saber que las películas que nos gustan también gustan a los jueces. y al resto del mundo, claro. no fue una gozada, pero sí un nos quedamos con la duda sobre el año que viene.

te das cuenta, Benjamín, el tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios. pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín. no puede cambiar de pasión. Gillermo Francella, el secreto de sus ojos.

perdón?

(escuchando Mumford and sons, sigh no more. curioso descubrimiento)

cada uno usa el cerebro como puede. es un órgano extraño. para algunos más que para otros. por eso este magnífico guión ha batido todos los récords de taquilla. hasta que llegó Avatar, claro.

Bella: por qué me odiabas cuando nos conocimos?
Edward: es cierto… pero sólo por desearte tanto… aún no se si puedo controlarme.
Bella: yo sé que sí.
Edward: no logro leer tu mente. tienes que decirme lo que piensas.
Bella: ahora tengo miedo.
Edward: bien.
Bella: no, no te tengo miedo a ti, tengo miedo a perderte. siento que vas a desaparecer.
Edward: no sabes el tiempo que llevo esperándote.

Kristen Steward & Edward Cullen, crepúsculo.


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no encuentro nada

usa esos deditos y pulsa intro.


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